¿Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue, la venturosa o la de triste horror, esa otra cosa que pudo ser la espada o el escudo y que no fue?
Jorge Luis Borges

jueves, 24 de marzo de 2011

Lo importante es pasarlo bien!!

Leía hace un rato a una bloguera que ella quiere ser no una feminista con el ceño fruncido sino una feminista lúdica (ella lo decía mucho más cañero-reivindicativo).

La pretensión/exigencia de felicidad, pensamiento positivo, placer, alegría, hedonismo al 100 % las 24 horas del día está por todos lados.

Será la conspiración de “el espectáculo debe de continuar”?

La gente de los anuncios siempre está feliz, los psicólogos hablan de pensamiento positivo. O dicen los médicos que no hay que pasarlo mal si basta una pastillita para levantarte el ánimo o tranquilizarte los nervios. También se lo he leído a alguna otra activista del cambio social: lo importante es pasarlo bien, no tenemos por qué estar siempre reivindicando enfadadas, serias, como si todo fuera muy aburrido sino que la lucha social puede ser divertida, nos podemos reír, puede ser festiva (también ella lo escribía que te daban ganas de unirte a la causa, en mis palabras no suena igual).

Porque pasarlo bien está muy bien, sí. Ya sabrán en el mundo árabe que lo importante es pasarlo bien? 

Hoy una amiga me contaba que entra a trabajar a las 8:00 y no suele llegar a casa hasta las 22:00. No cobra ni 1000 euros. Y el curro es sin contrato hasta que al jefe le convenga echarla. “Lo importante es que te guste tu trabajo”, dicen. O aquella otra de “el trabajo dignifica”. También se suponía que el trabajo liberaría a las mujeres, claro que no nos dimos cuenta de que se nos venían encima nuevas esclavitudes.

Me imagino que cuando, además, tienes una hipoteca dándote por saco y quizás una madre dependiente cuya pensión de viudedad no da para mucho...lo importante sigue siendo pasarlo bien. Pero como cada vez hay más gente a la que le resulta difícil no fruncir el ceño (cuidado que todavía te saldrán arrugas!) ni siquiera un rato siempre te quedará drogarte. Y si no lo haces voluntariamente ya se te cruzará algún médico que te diagnostique algún trastorno y te incite a drogarte por el bien de tu salud mental. Porque lo importante es sentirse bien, relajada, tranquila, a gusto...

...lo tuyo será por ejemplo un trastorno por ansiedad. Porque hoy ya no pasa que la gente esté hasta el culo de sus condiciones de vida, que no pueda más, que sea intolerable, no, eso hoy no pasa, (dicen que) Hoy la gente puede vivir como quiera. Y si tu vida no te gusta basta con ponerse a ello para lograr vidas maravillosas en las que se disfruta del trabajo, de las relaciones, del tiempo libre. Hoy, quien quiere, se lo pasa bien y feliz. Así que si te sientes ansiosa, deprimida, irritable, cansada, apática, asustada y no te bastó con cambiar tus pensamientos por otros más racionales, como aconsejaba la sicóloga, quizás sea que algo no está marchando del todo bien en tu cerebro. Pero no te preocupes. Nada que una pastillita no pueda solucionar.

Benditas las Farmaceuticas que nos recomponen el ánimo. Benditos los capitalistas que, si estamos dispuestos a currar, nos dan trabajos para sentirnos útiles y dignificar nuestras vidas. Bendito el gremio psi que nos contiene y encauza cuando se nos cruza el cable y nos empeñamos en no disfrutar de vidas maravillosas. Bendita la mistica del amor que entre que si ligamos, que si follamos, que si le dejo, que si me deja, que si le adoro, que si le engaño, nos mantiene la mente ocupada. Benditos todos los que nos entretienen con banalidades (la gente del sálvame, el mundo del deporte, los centros comerciales, las pelis de hollywood, las discotecas...) porque si no nos entretenemos los unos a los otros quizás regresemos a tierra y descubramos que no basta con cerrar los ojos.

domingo, 17 de octubre de 2010

Te quiero Por Alejandra

Michaela Tarrow (Londres, 1979) es autora de un no muy conocido- en realidad, nada conocido- poemario cuyo título no logro recordar. Alejandra adoraba a Michaela, sus poemas eran un delirio espantoso con el que se sentía “profundamente, no imaginas hasta qué punto” identificada. Esta apasionada de la poesía, cuanto más truculenta mejor, que me recitaba poemas noche sí noche también era mi compañera de piso. Nos habíamos conocido en una de esas escuelas en las que te inscribes creyendo ser un genio y sales conocedora de que tu talento es, vaya por dios, de lo más mediocre. Al menos el mío porque Alejandra sí resultó de un virtuosismo singular. La noche antes de que sucediera, 18 de agosto de 2007, estábamos tumbadas en su cama. Recuerdo la fecha porque era el cumpleaños de la que venía siendo mi novia desde hacía cuatro años. La chica era una sevillana de enfados inoportunos y en uno de sus jodidos arranques me había vuelto a casa llora que te llora, sin siquiera haberle entregado la estilográfica por la que me había pasado ni sé el tiempo repartiendo pizzas a domicilio. Alejandra me miró con la expresión perpleja de quien no entiende nada y pasó a recitarme poemas de lo más lúgubres.

Los poemas de Michaela no hablaban sobre nada que pudiera aliviar, ni tan siquiera distraer, a una chica que llora porque se ha enfadado con su novia y que si la estilográfica y cosas por el estilo. Pero, no sé si por la costumbre, porque ella era así, se te hacía natural que Alejandra tomara el librito de tapas azules y recitara la historia de por ejemplo un espectro sombrío y feroz, un gato negro que habitaba en los adentros de su amada (de la amada de Michaela) y se hacía algo así como las uñas contra las cuerdas de su alma (la de su amada), desbaratándole el pecho e impidiendo que le latiera el corazón a buen ritmo, bueno de bueno, en sentido moral. Ni corta ni perezosa y tras algunos versos demoledores en los que describía la hondura de un sufrimiento que no se sabía si era el suyo o el de la amada apuñaló al jodido gato en ocho versos. Muy gore. Alejandra clavó sus ojos en los míos, unos ojitos de trotamundos en los frágiles reinos de más allá de la cordura, y comentó “lo que sí que es verdad es que el amor no es amor hasta que derrama sangre porque el amor, el amor verdadero, es estar dispuesta a lo que sea por la otra persona; sólo los derramamientos de sangre pueden dar fe de los grandes amores”. Era  el tipo de cosas sombrías y grandilocuentes con las que adornaba sus conversaciones y a las que yo no hacía el menor caso.

Al día siguiente, el gato apareció muerto sobre el felpudo de casa. Era un bicho antipático que me bufaba cada vez que pasaba por donde hubiera tenido a bien asentar su real cuerpecillo, sólo con Alejandra se comportaba medio amable. Pero encontrármelo rígido y empapado en sangre no era un buen modo de comenzar el día. Estaba que no sabía si seguir gritando o qué cuando escuché la voz de Alejandra “nunca dejaré que te hagan daño”. Me atravesó algo así como una corriente glacial que de la misma, en menos que canta un gallo, te deja congelada de pies a cabeza. Porque fue la declaración de amor más siniestra que habrían de hacerme jamás. O eso espero.  

miércoles, 13 de octubre de 2010

Pretty woman del siglo XXI

Un poco hacia allá (señala a lo lejos con un gesto de cabeza), tuerce a la izquierda y ya está, es un edificio viejo con un cartel en el que dice CLUB, en realidad dice CLU, explica el chico de la gasolinera. Es un edificio rojo desconchado con tres ventanas en la planta baja y el resto en la principal, algunas de ellas iluminadas también en rojo. Cerca y a la izquierda hay un bosquecillo, en estas fechas, otoñal: una infinidad de verdes que se deshacen en ocres. Y a la derecha una antigua estación de tren que hace décadas que no cumple más función que la de seguir estando. Todo ello acostumbra a un brillo melancólico y húmedo, por las lluvias. Es este el club, o clu que dicen también algunos de los clientes, donde trabaja Marla. Y esta es la historia de cómo Marla se enamoró.

Pese a lo hermoso de los alrededores e incluso del propio edificio, El Club Olimpo no es más que un puticlub de carretera normal y corriente. También Marla es una mujer normal y corriente. Cuando el cliente X tomó su mano entre las suyas y se miraron fijamente durante uno de esos instantes eternos que sólo los muy valientes y los muy desesperados saben sostener Marla esbozó una media sonrisa “sé que tú eres Richard Gere y yo Julia Roberts pero lo siento, no creo en el amor”. El cliente X creyó que hablaban los miedos de una mujer enamorada y continuó frecuentándola todos los miércoles o jueves, dependía de sus obligaciones familiares, a la salida del trabajo. Después de algunas embestidas - eres maravillosa, la más maravillosa, eres preciosa, susurraba el cliente X hasta gemir exhausto-, se cogían de la mano y contemplaban el cielo a través de la ventana. Él sopesaba la posibilidad de un futuro en común, no necesitaba más que divorciarse de Carmen, su mujer, y luego marchar juntos a por ejemplo Madrid, porque en el pueblo no podrían quedarse pero en Madrid no le sería difícil encontrar trabajo. Ella sumaba cifras y polvos, hacía más de año y medio que trabajaba en el club, pronto podría saldar su deuda y establecerse en alguna ciudad grande, probablemente Madrid o Valencia. Cuando el hombre que yacía a su lado, un hombre calvo y de sonrisa franca, apretaba su mano, te quiero, decía, ella sonreía contenta. 

La mañana que abandonó el club no olvidó dejar una nota para el calvo de los miercoles o los jueves, tampoco mucha cosa porque apenas si sabía escribir, aún menos en español, eres un hombre muy bueno, no te olbidare, que el cliente X, frustrada la fantasía de abandonar el pueblo, a su mujer, la rutina diaria, estrujó encabronado y descreído, mala puta, maldijo entre dientes.

Y con estas palabras pusieron fin al romance.

martes, 5 de octubre de 2010

Quiero engancharte la mirada hasta que tus dedos no puedan más que mojarse en mis piernas

Quiero engancharte la mirada hasta que tus dedos no puedan más que mojarse en mis piernas. Lo pienso al verte pasar, melena a media espalda y un cigarro apagado que igualmente te llevas a los labios, conversas con una rubia que bien pudiera ser tu novia, como complemento te sienta fabulosa, ojos de un azul intenso, límpido, que contrastan con la negrura de los tuyos. Cuando la rubia marcha a la barra y tu mirada se desliza curiosa sobre los cuerpos que bailan cerca de ella tropiezo (intencionadamente) contigo, perdona, digo. ¿Fuego?, preguntas a modo de respuesta. La rubia hace un gesto a lo lejos. ¿Vienes?, me dices. Os sigo hasta el baño. Y que los polvitos blancos caigan adentro nosotras, drogadictas de la noche, ríe la rubia mientras busca en sus bolsillos. De pronto te mira angustiada, no lo tengo, no lo tengo. Los ojos color agosto se han transformado en las dos rayitas que turbulentamente echa en falta. Antes he visto a Pedro. Apresurada empuja la puerta del baño, se vuelve un instante, te llamo, eh?, te llamo o te busco por aquí, promete (o amenaza, pienso yo) a la presunta novia. Y nos quedamos solas en un espacio minúsculo.

Apriétame muy fuerte porque si te alejas las corrientes de la noche me congelan el cuerpo. Lo dijo alguna otra hará exactamente 6 meses y 3 días. La hora era esta misma. Apriétame muy fuerte porque si te alejas las corrientes de la noche me congelan el cuerpo, te lo digo yo a ti tres horas después. Si conocieras la historia de estas palabras no creerías que lo ruego desde lo más profundo de mí misma. Y que al deslizarme torso abajo tu corazón palpite en mi boca derramando sobre nuestros espíritus la magia que colorea el mundo. Pintaremos en verde los paisajes lejanos en los cuales andan fraguándose nuestras desgracias de mañana. De azul las débiles voces que enmudecen en las rutinas cotidianas y sólo en noches tiernamente acompañadas nos crujen entre los huesos, deseosas de contarnos la historia de nuestras entrañas. Como gotas de agua sobre este lecho en el que tú y yo enredamos nuestros cuerpos para escapar a las inclemencias del día. Invocado el fuego que acaricia nuestros cuerpos hasta incendiarnos el ánimo, las ganas, el vientre, los pechos, tus manos en mi espalda y un gemido que apacigua el espíritu hasta que nuevas luces nos devuelvan al mundo de afuera. Son sus/estas palabras las que desquito en tu cuerpo, a dentelladas de babas blancas que resbalan sobre tu piel, como el perro largamente azotado que un día, sin aviso previo, se vuelve contra su dueño. La negrura de tus ojos es la negrura de aquellos otros en los cuales me abismó cuando noche tras noche prometía ser un cálido abrazo para los pobres jirones de mi esperanza.

No obstante mi rabia, al despertar duermes con la manita enganchada en mi dedo y no puedo más que cerrar los ojos y continuar sosteniéndote el sueño.

domingo, 3 de octubre de 2010

Cuerpos

UNO No sucede que primero se agote el cuerpo y sólo transcurrido un tiempo languidezca, cansado pero inmutable, el espíritu. Cuerpo y espíritu nos marchitamos a la par. Si los pasos del cuerpo pierden firmeza, también el espíritu se observa menos impetuoso, más desvaído. Baste recordarnos enfermos. Cuando decae la viveza del cuerpo también el espíritu pierde su gracia y pujanza, pero no sólo su gracia y pujanza sino también innumerables matices. No somos lo uno en lo otro, ni siquiera lo uno y lo otro. Soy sólo una vieja, dice. No obstante, inmersa en la ilusión de ser siempre la misma, no advierte hasta qué punto.

DOS  Antes de mirarse en el espejo disfrutaba de unos momentos en los que se pensaba como el resto de los chicos del gimnasio: fuerte, viril. Y tan temible como temibles se le antojaban los chicos de su barrio. Pero cuando alzaba los ojos para encontrarse con su reflejo nuevamente no era más que un chicuelo demasiado delgado, demasiado alto; si los chicos del gimnasio eran cuadrados, él era una línea recta que se curvaba a la altura de los hombros, un pajarito asustado. Cuando regresaba del gimnasio, porque finalmente era necesario regresar, volver al barrio, se cruzaba con los chicos en alguna de las esquinas. Eh, pajarito, llamaba alguno. Pio, pio, pio, continuaba otro. Mi chico no es un cobarde y si le pegan responde. Solía decir el padre mientras amagaba un golpe, otro y el tercero se lo daba. Responde. El pajarito hubiera querido ser una bestia feroz.

TRES El ritual era contar un montón, pero es que demasiadas, calorías. Y luego vomitarlas.

OTRO Durante un tiempo mis ojos no fueron los prominentes ojos de rana, uno más grande que otro y con la excesiva proximidad de dos desdichados que se arriman para protegerse de las inclemencias de un mundo que les es hostil y hacen de ti una personita con expresión tontorrona, decía que en aquel tiempo mis ojos no fueron esos ojos sino la arrebatada mirada de un pecho que súbitamente enternecido se transforma en amante. Cuán hermosa fui de amante! Las infinitas palabras que resbalaban entre mis dedos como gotas de rocío chispeando al amanecer. Porque yo ya le había dicho que era fea, gorda, grotesca y la damisela tuvo a bien responder que era el suyo un amor de interiores. Y fue un amor de interiores hasta que el anhelo de la carne nos condujo a un cuerpo a cuerpo en el que, enfrentándose amor y destino, mi destino, murió el primero y triunfó el segundo.

UN ÚLTIMO Cuando lo de la descripción física empiezo como todo el mundo, que si mis ojazos grises, porque los ojos son lo más bonito que tengo, que si el pelo brillante de cepillármelo todas las noches, pero todas-todas, aunque no para que me quede brillante sino porque me da gustito, que si las dos piernas robustas de la mejor centrocampista de todo el instituto, pero enseguida lo que se me viene a la cabeza es el cuerpo de ella. Ella es María, mi compañera de clase y la chica con las piernas menos de centrocampista que sea posible imaginar, las piernas y las tetas. Pues bien, no pienso en ella porque me guste, que sí que me gusta, sino porque sus dedos forman parte de mi cuerpo. Esté donde esté y haga lo que haga los llevo siempre entre las piernas, fuerte María, más fuerte, que el día que lo sepa no sé lo que pasará.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Fracaso y desesperanza

El lugar en el que nací estaba situado entre inmensas rocas y algunos árboles que, con su verdor, apenas si lograban imponer al paisaje unos cuantos puntos de color. De pequeña me sentaba en lo alto del pueblo, la iglesia, y miraba hacia esos puntos suspensivos. El presente era gris, el futuro era la incógnita suspensiva. Color verde que bien pudiera ser presagio de bondades. Los habitantes de mi pueblo eran pueblerinos de manual. Manual del perfecto pueblerino: atavíese con grandes dosis de incultura, fealdad y salvajismo. El acento de estos míos sabía a tierra seca escociendo en la garganta. Sus miradas estaban hechas con la crudeza y miseria de los días que se sucedían monótonos y vulgares. Las recortadas (por las rocas) vistas desde la iglesia no es que fueran espectaculares ni que hubiera mucho que observar pero podía pasarme horas con los ojos suspendidos en los puntos verdes. Hasta que un manto de hierba húmeda parecía nacer en ellos y extenderse sobre las rocas destempladas creándose el camino que me conduciría más allá de la tediosa vulgaridad del pueblo.

Al cumplir los diecisiete abandoné mi tierra en uno de los pocos autobuses que nos comunicaban con el resto del mundo. Destino: Barcelona. No tenía más imágenes de Barcelona que algunas fotos del suplemento dominical y la felicidad que me embargaba al pensarme recorriendo sus calles. La maestra del pueblo- mujer tan radiante como una gotita de agua atravesada por el sol que había aparecido sorpresiva y milagrosamente entre nosotros- era del barrio Gótico de Barcelona y en las tardes de verano, tardes que los jóvenes dejábamos marchar aburridos en los bancos de la plaza, se acercaba a nosotros y espantaba la monotonía con fabulosas historias sobre su ciudad natal. De tal modo que Barcelona se me antojaba la cuna de todas las dichas. Pero, como habría de descubrir, para quienes no tenemos más empuje que nuestra pobreza e ingenuidad Barcelona es ciertamente una ciudad de pesares. Pronto aprendí que huirle al destino no necesariamente nos hace felices. La fortuna puede sernos incluso más adversa que la de otros que jamás rompieron cadenas.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Fondos de armario II

Despierta con el ruido de los coches invadiéndole el sueño, igualito que si se hubiera echado a dormir junto a la carretera. Cada vez son más los días que amanece en no sabe dónde, desorientado, pero en vez de angustiarse piensa en lo mucho que le gustaría quedarse perdido en sí mismo. ¿Para qué venir aquí fuera? Fuera hace frío, se estremece con los pezones endurecidos, duelen y están rojos, la chica de anoche debió mordérselos con ganas. Le ha dejado un olor a perfume sobre la almohada. Pocas cosas le resultan más gratas que el olor a mujeres sobre su cama. Pero ésta no es su cama, es un catre viejo bajo una lámpara feísima, como si un mundo de cristal amenazara con caérsele sobre la cabeza.

Encoge los dedos contra la madera, puto invierno, masculla. No encuentra sus botas ni los calcetines. Seguramente estén bajo la cama pero corre hasta el baño porque se está meando. Sin su polla la meada cae casi en línea recta. Es raro que haya dormido sin ella. Su magnifica, su grandiosa, su esplendida, su majestuosa...su polla de mentira. Cuando las chicas descubren el asunto- una bajadita de calzoncillos y, tachan, aquí que la tenemos, el extraño fenómeno de la naturaleza, de la suya- muchas cierran las piernas y le llaman depravado y enfermo o depravada y enferma, depende del sexo que decidan asignarle, a ojos del resto lo mismo suele caberle uno que otro que ninguno. A ojos suyos no es algo en lo que siga pensando, sólo quiere una polla, sólo eso, la polla, un cigarro y los coches rápidos, no pide demasiado. Su padre agoniza en el hospital y no ha sido capaz de pasarse ni un solo día, eso sí que es depravado y enfermo.

No logra recordar a la chica, ni tan siquiera sabe por qué bares anduvo, en dónde se encontró con ella, cómo llegaron a esa pensión de mala muerte. Es una pena que beba tanto porque luego no recuerda los momentos bonitos. Se restriega la gotas de orina contra las piernas, no hay papel. Recoge su ropa del suelo de la habitación, por cómo está desperdigada diría que follaron pero también es posible que no lo hicieran. Encuentra la polla sobre los pantalones. Hace tres años que no tiene tetas pero el coño no piensa tocárselo. Hubiera estado bien nacer con otro cuerpo pero seguro que lo mismo piensan los gordos. Se mira en el espejo, no es feo y vestido parece un tipo medio normal, como el resto.

Cierra la puerta con un golpe seco, encaja mal, y marcha al trabajo. Es Víctor el reponedor, nadie diría otra cosa.